Los tipos del Madrid castizo

Los tipos populares madrileños comenzaron a definirse desde que el rey Felipe II de Austria trasladó la Corte a la Villa de Madrid en el siglo XVI (8 de mayo de 1561) y fueron cambiando con el paso del tiempo para alcanzar su esplendor en el siglo XVIII.

A lo largo del siglo XIX y parte del siglo XX, el amplio grupo social de los majos goyescos, se ha perfilado un poco según capricho de la tradición popular y de escritores y cronistas en tres grupos tan pronto diferenciados como mezclados: los manolos, los “chulapos” y los chisperos.

Hacia el siglo XVIII cada barrio se va configurando como entidad con cierta personalidad dentro de Madrid, ya en el XVII los oficios empiezan a distribuirse por zonas fuera del centro, y de igual manera que Lavapiés se llenó de curtidores, en la zona de Hortaleza y de Maravillas abundaron las herrerías (las tahonas fueron otra industria floreciente en la zona).

Hay una versión según la cual los chisperos (por las chispas de las fraguas) son los habitantes de la zona de Barquillo, los majos de Maravillas y los manolos de Lavapiés, porque los judíos conversos solían llamar a su primogénito Manuel (Dios con nosotros) como prueba de piedad.

Las crónicas hablan de la chispería más bien para referirse a las gentes del Madrid Alto (Maravillas, San Antón y el Barquillo) y la manolería para las del Madrid Bajo (Lavapiés y el barrio de San Francisco el Bajo).

A finales del XIX y principios del XX logran su mayor popularidad cuando son glosados por los cronistas de la Villa y Corte como Mesonero Romanos, Ramón de la Cruz o Sainz de Robles; retratados por Lorenzo Baldissera Tiepolo, Francisco de Goya y otros pintores de la época; incluidos en zarzuelas como ‘La verbena de la Paloma’, ‘La revoltosa’, ‘Agua, azucarillos y aguardiente’  y ‘La Gran Vía’, entre otras; o se convierten en protagonistas de los sainetes de Carlos Arniches, las novelas de Pedro de Répide y diversas obras de otros autores de aquel tiempo.

Baile en San Antonio de la Florida de Francisco de Goya

MAJOS Y MAJAS

Los majos y majas surgen a principios del siglo XVIII para denominar a los habitantes de los arrabales madrileños (Lavapiés y Maravillas) El nacimiento del término majo se enmarca en el barrio de Maravillas (actualmente Malasaña)entre ellos) que se caracterizaban por su arrojo y valentía. Dice María Moliner que el nombre “se aplicaba a fines del siglo XVIII y principios del XIX y sigue empleándose refiriéndose en aquella época a los artesanos de ciertos barrios de Madrid, llamados ‘bajos’, que en algún tiempo hacían vida aparte, hasta el punto de estar exentos del servicio militar…”.

La Gallina Ciega- Goya (1788-1789).

Este es el tipo madrileño que inmortalizo Francisco de Goya en sus esplendidos lienzos.

En este cuadro de Goya vemos el contraste de esa moda nacional y castiza, frente a la internacional, que está representada en la pareja del fondo, el hombre que está a la derecha con la casaca marrón y la dama con el sombrero de grandes plumas en la cabeza. 

 

Majo de la Guitarra. Cuadro de Francisco de Goya, 1779.

El Majo se dedicaba a los más diversos oficios: carpintero, albañil, herrero, carnicero, tallista,… y esa actitud que los caracterizaba, de desparpajo y gallardía, levantó críticas pero, al mismo tiempo, se consideró muy seductora.

El Quitasol.  Fco. de Goya. 1777.

Los majos vestían camisa blanca, pañuelo al cuello y fajín a juego, chaquetilla bordada y abotonada, pantalón ajustado de perneras hasta debajo de las rodillas y medias blancas. Las majas vestían con corpiño, falda corta con vuelo, mandil, peineta y mantilla. Hombres y mujeres llevaban coletas, que se recogían con una redecilla.

El dramaturgo Ramón de la Cruz escribió Las majas de Lavapiés (1746), El careo de los majos (1766), Las majas vengativas (1768), Los majos de buen humor (1770). Además de la literatura, los majos y majas están presente en las pinturas de Goya.

 El Majo de la Guitarra. Cuadro de Ramón Bayeu (1786).

El término majos aparece documentado por primera vez en el Diccionario de Autoridades (1734), primer diccionario de la lengua castellana, que lo define así: “El hombre que afecta guapeza y valentía en las acciones o palabras. Comúnmente llaman así a los que viven en los arrabales de esta Corte”

Traje goyesco

Es éste el auténtico traje tradicional de Madrid, un atuendo de uso común desde finales del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, primero llevado por las clases populares madrileñas y que fue adoptado después por las clases altas, por la necesidad de aparentar sobriedad y populismo tras la Revolución Francesa se adopta este estilo que consideran propio, español y no impuesto por modas extranjeras.

La mujer “goyesca” luce un corpiño ajustado en tejidos ricos (casi siempre terciopelos) muy escotado con jockeys (hombreras) en los hombros de lentejuelas, pedrería y cordón de seda y un pañuelo, pañoleta, chal o mantón que lo envuelve o cubre parcialmente; camisa de mangas con farol en los hombros y luego ajustadas hasta la muñeca con unas puntillas largas.

El escote redondo o rectangular se tapaba a veces por un pañuelo. La redecilla a la cabeza o pelo con caprichosos peinados y adornos de cintas (del tipo caramba); conjunto de faldas de vuelo desde la cintura, o basquiña de raso adornada con dos tiras de madroños haciendo la vez de volantes, que en la época se denominaban “falbalas”, término francés y en España también se conocen con el nombre de “farfalá” o “faralá”, son franjas, flecos o volantes que se ponen en los vestidos para hacerlos más vistosos.y ocasionalmente, mandil. Los más trabajados van bordados, tanto la falda como el corpiño. Complementos habituales son la toquilla y la peineta.

Con los cambios de la Moda al comenzar el Neoclásico, los trajes de maja también se adaptan a esos cambios, subiendo sus talles y estrechando sus faldas, yendo con el nuevo gusto y comodidad de la época.

Estos trajes se exponen en el Museo del Traje de Madrid y son de principios del siglo XIX.

Retrato del torero Pedro Romero. Cuadro de Goya. (1795-1798).

Traje de majo, que está expuesto en el Museo del Traje de Madrid

 

Si hablamos de los hombres, el traje tradicional está compuesto por una camisa blanca con fajín que rodea la cintura y una chaquetilla, que se distingue por ser corta y abotonada. Esta última se confecciona, al igual que en el caso del corpiño femenino, con telas ricas que también se bordan. En el cuello va un pañuelo que a juego con el fajín. El pantalón se ajusta a las piernas y sobrepasa las rodillas en su parte inferior dejando a la vista las media blancas. La cabeza también se toca con una redecilla negra rematada por un “madroño”.  Se complementa con la capa española y la manta, y diferentes tipos de tricornio para adornar o proteger la cabeza.

Majo. Cuadro de Manuel Rodríguez de Guzmán.

Las carácterísticas de los majos y majas de barrio bajo fueron incorporándose al tipo madrileño de zarzuelas, teatro y literatura, hasta el punto que hoy nos es complicado dilucidar dónde empieza la influencia real de estas gentes en el imaginario casticista de Madrid y dónde comienza la idealización literaria de las clases populares.

  

O en el motín de Esquilache, que seguramente hizo a Carlos III intentar atraer hacia el poder la influencia local de los majos más carismáticos de los barrios bajos con la creación de los alcaldes de barrio. No es casualidad que a finales del siglo, con los censos de Floridablanca y Godoy, se vea cómo los barrios majos por excelencia, los de Avapiés y Maravillas, eran los cuarteles de barrio de más extensión.

MANOLOS Y MANOLAS

Los manolos y manolas, según una leyenda ya desprestigiada, se llamaban así porque Manuel era el nombre impuesto al primogénito de las familias de los judíos conversos, (Es notorio que ese nombre era muy común también entre los cristianos viejos.) que habitaban el barrio de LAVAPIÉS

 Majas y manolos en el balcón, atribuido a Francisco de Goya.

Vista de la Ribera de Curtidores: El Rastro

La manolería se extendía desde la plaza de Lavapiés por los alrededores, como el barrio de La Latina (El Rastro)

Grabado de Gustave Doré, que representa el interior de una taberna del Rastro.

“Chispero” de Joaquin Sorolla

 CHISPEROS Y CHISPERAS

Monumento en bronce del monumento a los chisperos y saineteros de la calle Luchana, obra de Lorenzo Coullaut Valera. Representa una escena de La canción de la Lola, Sainete Lírico de 1880.

Los chisperos y chisperas eran los vecinos del barrio de MARAVILLAS y se llamaban así porque la mayor parte de ellos eran trabajadores de las muchas fraguas y herrerías que había por aquel entonces en aquella zona, extramuros de la cerca de Madrid.

La palabra chispero se utilizaba entre los madrileños para señalar a los herreros de trébedes y otros pequeños utensilios, cuyo oficio se desempeñaba entre chispas.

Durante el siglo XVII y primera mitad del XVIII, la mayoría de las herrerías madrileñas se encontraban en zonas limitadas por las calles de Hortaleza y Barquillo. Mesonero Romanos habla de “la humildad de los caseríos que se formaron alrededor de aquellas”.

Inauguración del monumento a los Chisperos (O Saineteros) 1913, en la glorieta de San Vicente. Fuente: Biblioteca Nacional de España.

Carta de un chispero a Napoleón
 

Traje de Chispero. Museo Nacional del Traje.

 

Los chisperos, con “chupa” (chaqueta ajustada) y la redecilla sobre la cabeza, tenían fama de pendencieros y también de aficionados al toreo, timadores y guapos de garitos y mancebías.

Dominaron siempre el desparpajo y, llegada la ocasión, luchaban con valentía. Sobresalieron en la defensa de la Puerta de Recoletos y el portillo de Santa Bárbara ante el empuje de las tropas napoleónicas en 1808.

La defensa del parque de Monteleón, por Joaquín Sorolla

De lo que no cabe duda es que su protagonismo se puede ver en los acontecimientos de la historia de la ciudad, como en los levantamientos contra los franceses, con el protagonismo del chispero en Malasaña entre otros, junto con los héroes Daoiz, Velarde y el teniente Ruiz en el Cuartel de Monteleón.

 

Esta valentía era compartida por las mujeres. En el levantamiento popular del 2 de mayo de 1808 contra los invasores franceses, unas chisperas arrojaron desde el balcón de su casa un tiesto de claveles sobre un teniente de coraceros, causándole la muerte.

Muchos chisperos habitaban la Casa de Tócame Roque. Nadie se atrevía a desalojarlos de allí y el dueño no era capaz de cobrar el alquiler. En los bajos de esta casa (llamada así porque se la disputaban en herencia dos hermanos, Juan y Roque) estaban las fraguas más acreditadas y en ellas trabajaban 70 oficiales de fragua y herrería.

Las historias de Madrid acostumbran a mezclar clases altas y bajas, reyes con majas, nobles en mancebías y duelos en calles oscuras, pero no cabe duda que finalmente frente a esta literatura tabernaria y su poso de realidad se impone pensar en unos barrios de arrabal mal iluminados y situaciones sociales penosas en las que era inevitable que surgiera cierta solidaridad de clase y un clima de violencia social.

La Maja vestida de Goya

“La maja vestida”, Francisco de Goya (considerada tradicionalmente como la Duquesa de Alba)

También se utiliza la expresión majismo para designar la afición casticista de la aristocracia por el vestuario y las costumbres propias de manolos y majos de ambos sexos, incluyendo la música, bailes y diversiones populares (fandango, tauromaquia, etc.); en oposición a la moda francesa (representada por su contrafigura: el petimetre—joven de clase alta, amanerado y ocioso—) e incluso a los valores de la ilustración.

Ademas de estos tipos, se podian distinguir otros dos:

 Petimetre. Obra de Mariano Fortuny 1868.

EL PETIMETRE.

El petimetre era un nuevo tipo de madrileño que imitaba las modas y costumbres francesas desde la llegada a la ciudad del primer rey Borbón, Felipe V, en 1701. El rey llegó de Francia acompañado de ministros, consejeros, cortesanos y sirvientes, cuyos usos y modales encontraron un rápido acomodo entre los nobles madrileños y clases altas, que querían ser modernos a semejanza de la nueva Corte. Petimetres y petimetras fueron los personajes más característicos de Madrid durante el siglo XVII.

Ya enmarcado en la incipiente clase media del siglo XIX, sus tipos imitaban notoriamente la moda francesa (el nombre deriva del francés ‘petit maitre’) y por ello eran odiados por los majos que les despreciaban por su total falta de originalidad y carencia de autenticidad.

En sentido parecido pero más coloquial, el se emplea el término «pisaverde», con el significado de hombre presumido y afeminado, que no conoce más ocupación que la de acicalarse, perfumarse y andar vagando todo el día en busca de galanteos.

Don Ramón de la Cruz escribió una obra con ese apelativo: “el petimetre”

Las petimetras vestían casaca corta, falda muy ancha, delantales cortos o vestidos con cola y lazos en los brazos. Entre estas damas aristócratas o adineradas apareció la figura del amigo íntimo, el galanteador, narcisista como ellas, al que llamaban ‘cortejo’, un personaje continuamente condenado por el clero.

Una elegante manola mantiene diálogo visual con los petimetres que ocupan la mesa contigua. Cosa rara, ya que los majos y manolos desdeñaban la figura de aquellos afrancesados “petit maitre”.

EL CURRUTACO

Enmarcado igualmente en la  clase media decimonónica, es asimismo enemigo declarado de ‘los petimetres’ y por las mismas razones que ‘los majos’. ‘El currutaco’, aunque afectado, es más auténtico y su elegancia es más genuina, pero también se halla encasillado y condicionado por la moda. Su vestir es extremado con algunas prendas de tamaño exagerado, como el ancho de sus pantalones, sus corbatas y las solapas de sus casacas. Llamaba la atención igualmente su aspecto físico por sus grandes patillas y su crecida cabellera. Solían portar tambien un grueso garrote que usaban como bastón.

En resumen, pisaverdes, petimetres, lechuguinos, currutacos, flamantes, gurruminos, linajudos, mariposones, gomosos, pirracas, lindos..., todos estos términos, sin descender a sus distintos matices, tienen una serie de características comunes, como son: la imitación de las modas francesas en cuanto a modales y vestimenta, el acendrado narcisismo y la afectación en las costumbres, su falsa erudición, el cortejo a las damas, el desprecio por lo “nacional” (representado por el majismo y el casticismo), junto al afeminamiento de ademanes y gestos y su gusto por los perfumes y acicalados.

El jardín del Retiro, obra de J. Cadalso, 1779. Museo de Historia de Madrid.

Así comenzó el siglo XVIII en Madrid, con una importante clase social que quería romper con los usos y costumbres del siglo anterior, imitando modales y vestimentas extranjeros, principalmente de Francia e Italia. Este comportamiento provocaba muchos recelos entre los madrileños, y más entre una parte de la aristocracia y clases acomodadas. Los nobles madrileños ‘a la antigua’, de melena suelta, tradicionales, austeros, reflexivos y orgullosos criticaban a los petimetres (del francés, petit maître, señorito) o currutacos, de peluca blanca, progresistas, frívolos, amantes del lujo y de la mezcla de hombres y mujeres en el trato diario. Si aquellos veían con resentimiento el extranjerismo y desprecio a lo español en beneficio de productos extranjeros, éstos criticaban la inmovilidad y pacatería que pesaba sobre España.

Podemos diferenciar, pues,  hasta 4 o 5 tipos populares madrileños que se acabarían fundiendo en uno sólo en el decir popular de nuestros días: “el chulapo y la chulapa”.

Chulapos en La Fuentecilla de la calle Toledo

CHULOS Y CHULAS

Los chulos y chulas es el nombre que se da en el siglo XIX a todos los tipos madrileños, especialmente a manolos y manolas. El término deriva del vocablo francés ‘chaul’, aunque la procedencia de este sustantivo puede que sea hebreo o árabe, como afirma Pedro de Répide, y el significado de ‘chaul’ en castellano es ‘muchacho’.

Dibujo de Serafín, como homenaje a Olga Ramos. cantante especialista en cuplés y chotis.

Por influencia del escritor Ramón de la Cruz, en el siglo XVIII el vocablo manolo se transforma en chulo o chula, lo que derivó en chulapa y chulapo y su aumentativo chulapón y chulapona.

Es anecdótico que la primera vez que se empleó ese nombre de chulo fuera para designar aquellas personas que realizaban tareas o labores secundarias de ayuda en las faenas taurinas.

Chulapos y chulapas surgen en el barrio de Lavapiés ya en el siglo XIX, y sustituyen a los majos y majas.

Sus oficios eran los mismos que en el caso de los majos, pero los chulapos ya no llevaban coleta ni redecilla y su indumentaria es la típica de fiestas y verbenas de Madrid, como las de San Isidro, las San Antonio de la Florida o las verbenas de San Cayetano, San Lorenzo y La Paloma.

Tipismos aparte, el de chulapo o chulapa no es el traje regional de Madrid, que es el traje goyesco, de características similares a los trajes que lucían los majos y majas.

El traje de chulapo está compuesto por pantalones oscuros, ajustados y largos. La camisa es de color blanco y sobre ella se coloca el chaleco, que lleva un clavel en la solapa y suele estar confeccionado con una tela de pequeños cuadros y de apariencia grisácea, con los vivos en color negro, al igual que ocurre con la chaqueta. Se anuda un pañuelo blanco al cuello y la cabeza se tapa con la “parpusa”, la gorra del chulapo, con visera, y cosida con la misma tela y de la misma manera que el chaleco y la chaqueta.

En el argot castizo, la Parpusa es la gorra, La Babosa es el pañuelo, La Chupa es la chaquetilla entallada o chaleco, Los Alares son los pantalones y por último Los Calcos que son los zapatos y llevan calentitos los Pinreles. (Sin olvidarnos de las Antiparras que son las Gafas de sol o el Peluco, que es el reloj, para llegar a tiempo).

El traje típico de chulapa puede ser una falda larga hasta los tobillos o un vestido -también largo- ceñido a las caderas y a la cintura, pero con vuelo a partir aproximadamente de la altura de las rodillas. La blusa o la parte superior del vestido, se ajusta al cuerpo, lleva escote y tiene mangas de farol. Los colores de este traje típico pueden ser de lo más variado y, al contrario de lo que ocurre con el de chulapo, este atuendo permite multitud de tonalidades.

Chulapos en la Puerta del Sol bailando el chotis.

El mantón de Manila es el complemento más habitual de las chulapas. Otro de sus elementos más característicos es el pañuelo de seda blanco doblado en pico que se coloca en la cabeza y va atado bajo la barbilla bajo el que asoman flores frescas (a menudo claveles).

FUENTES

https://cosasdelosmadriles.blogspot.com.es/2013/07/majos-chulapos-chisperos-y-sus_4.html

http://www.pongamosquehablodemadrid.com/2015/02/01/tipos-populares-madrilenos-manolos-chisperos-majos-y-chulos/

http://madridvisitar.com/historia/

https://es.wikipedia.org/wiki/Madrid_goyesco

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